Cuando el coloso aullante de la duda
abandone mi extraño corazón,
seré el amante que ambicionan tus ojos.
El cruel amante negro,
el que te mata y muere cada vez,
la más remota capa de la tierra
y el silbido ululante del corazón del tiempo.
Soy el futuro, amante, que te espera,
el tiempo envuelto en luces,
la mañana espectral de las horas que pasan, rota,
parcialmente dañada la cara de la muerte,
por el feroz encuentro,
donde mi corazón late al compás,
de los latidos negros del corazón del sol.
Seré, cuando el gigante malherido muera,
misterioso sacerdote en tu vientre abierto
oficiando el milagro de la carne.
Conteniendo la herida del negro vacío
cuyo compás marca nuestro compás-
arrojo en él, pedazos de mi carne transformada
-para que fuera posible la ceremonia-
en palabras.
Engarzo,
dirigido por los dioses inmensos de la duda,
en cada palabra una gota de sangre, leve sudor,
lágrima pequeña y enamorada, gota de semen.
Hago estallar en pleno vientre,
del sol que no nos pertenece -su vacío negro-
esa luz.
Venid, danzad conmigo,
danza de los violines que nunca morirán.
Venid, quemad la noche,
hogueras del amor despedazad el alba.
Luz, palabras como luz.
Luz, amores como luz.
Negrura como luz.
Ceguera como luz.
Luces, como locuras iluminadas.
Del libro: "La patria del poeta"
Miguel Oscar Menassa
29 de enero de 2010
25 de enero de 2010
RUBAIYAT - OMAR KHAYYAN (Siglo XI)
Hoy, el mañana no está a tu alcance
Y locura es pensar en el mañana.
Del resto de la vida no sabemos el precio.
¡Lánzate a amar, no pierdas este instante!
Como agua en el arroyo o viento en el oasis,
Los días uno, dos y tres del paso de la vida.
Más hay dos días que no turban mi juicio:
El día que ha de ser y el día que ha partido.
Si por un instante la forma de la naturaleza se ajusta a ti,
vive alegre aunque alguna injusticia te alcance.
Sé como los sabios, que el origen de tu cuerpo
aliento es y polvo, y brisa y viento.
Y locura es pensar en el mañana.
Del resto de la vida no sabemos el precio.
¡Lánzate a amar, no pierdas este instante!
Como agua en el arroyo o viento en el oasis,
Los días uno, dos y tres del paso de la vida.
Más hay dos días que no turban mi juicio:
El día que ha de ser y el día que ha partido.
Si por un instante la forma de la naturaleza se ajusta a ti,
vive alegre aunque alguna injusticia te alcance.
Sé como los sabios, que el origen de tu cuerpo
aliento es y polvo, y brisa y viento.
22 de enero de 2010
CUMPLIR 60 AÑOS PRISIONERO
Al Grupo Cero
Prisionero soy de una larga condena
porque la palabra no otorga libertad.
Digo huella y huella se hace carne en mí,
arrugas con el tiempo, dolores del amor.
Huella, te digo y existen los caminos,
huella de mí y, al menos, en soledad
algún sendero, algo, habré conocido
algún paso habré dado al comenzar.
Huella del alba anuncia que el sueño terminó.
Que viene el universo, la mujer y el hombre,
que el mundo todo viene para hacer poesía
y la vida, ahí, viene la vida que se terminará.
Digo árbol y el verde forja toda mi realidad.
Verdea el corazón de las mujeres ancianas,
pone en el centro del corazón de mi amada,
la esmeralda perdida que brilla en el silencio.
Y cae, hasta llegar a su verdad de musgo,
verde que se detiene para que el mundo,
se piense florecido, húmedo, inquietante,
verde de amor muriendo sobre la hierba.
Digo decir y a borbotones de cataratas,
de mundo, se hacen plenas las palabras.
La mujer que nada en mí veía, al hablar,
vio de pronto sólo una luz en mi mirada.
Mirada de fiera, selva acorralada de luz.
Mujer, decir mujer, abrir ese destino:
ennoblecer el llanto, encumbrar el amor,
poner gacelas en el andar del caminante,
sonidos de agua y pájaros en su cantar.
Violín herido subiendo entre tus piernas.
Digo violín, amada, digo violín herido
y un aullido espectral hace del alma,
callada y quieta melodía desesperada,
abre tus ojos al agudo vacío del amor.
Digo ferrocarril y viajo sin detenerme nunca
haciendo siempre ruido desde el oriente al sur.
Y máquinas y obreros y fiestas de vendimias
y muertes que su destino nunca encontrarán.
Tren del Oeste digo y crujen las praderas,
una bala de plata atraviesa los ojos de la noche
un caballo blanco muere de sed en el desierto
y la mujer de los rizos dorados muere de amor.
Caballos, ¡imaginad! caballos atados a sí mismos,
atrapados por la velocidad de liberarse y volar,
caer como las piedras de la montaña al río,
llegar al fondo de las cosas sin dejar de caer.
Digo cerdo, lombriz, serpiente y pájaro
y el sexo se deslumbra de sí mismo,
abre las piernas, abre las piernas y habla,
dice del mar cosas como verde-azuladas.
Se arrastra, se arrastra antes de volar.
Y cuando se arrastra goza y cuando vuela
y cuando cae, nácar o plata es su sonrisa
y se arrastra por el dolor y goza de la vida.
Y vuela y se deshace de besos y de luces,
sexo del amor, le digo, de la vida viviendo.
Poema, libertad, guerra contra el hambre,
dulzura del decir quiero vivir en el deseo.
Y digo muerte y aunque no lo dijera,
poeta enmudecido, igual he de morir.
Por eso que la palabra nos condena
cuando hablamos, al goce y al deseo.
Sin libertad, prisionero de la palabra
con la alegría de haber sido hombre,
con el alma ya lanzada a los vientos,
sin dejar rastros, mi cuerpo morirá.
Miguel Oscar Menassa
Prisionero soy de una larga condena
porque la palabra no otorga libertad.
Digo huella y huella se hace carne en mí,
arrugas con el tiempo, dolores del amor.
Huella, te digo y existen los caminos,
huella de mí y, al menos, en soledad
algún sendero, algo, habré conocido
algún paso habré dado al comenzar.
Huella del alba anuncia que el sueño terminó.
Que viene el universo, la mujer y el hombre,
que el mundo todo viene para hacer poesía
y la vida, ahí, viene la vida que se terminará.
Digo árbol y el verde forja toda mi realidad.
Verdea el corazón de las mujeres ancianas,
pone en el centro del corazón de mi amada,
la esmeralda perdida que brilla en el silencio.
Y cae, hasta llegar a su verdad de musgo,
verde que se detiene para que el mundo,
se piense florecido, húmedo, inquietante,
verde de amor muriendo sobre la hierba.
Digo decir y a borbotones de cataratas,
de mundo, se hacen plenas las palabras.
La mujer que nada en mí veía, al hablar,
vio de pronto sólo una luz en mi mirada.
Mirada de fiera, selva acorralada de luz.
Mujer, decir mujer, abrir ese destino:
ennoblecer el llanto, encumbrar el amor,
poner gacelas en el andar del caminante,
sonidos de agua y pájaros en su cantar.
Violín herido subiendo entre tus piernas.
Digo violín, amada, digo violín herido
y un aullido espectral hace del alma,
callada y quieta melodía desesperada,
abre tus ojos al agudo vacío del amor.
Digo ferrocarril y viajo sin detenerme nunca
haciendo siempre ruido desde el oriente al sur.
Y máquinas y obreros y fiestas de vendimias
y muertes que su destino nunca encontrarán.
Tren del Oeste digo y crujen las praderas,
una bala de plata atraviesa los ojos de la noche
un caballo blanco muere de sed en el desierto
y la mujer de los rizos dorados muere de amor.
Caballos, ¡imaginad! caballos atados a sí mismos,
atrapados por la velocidad de liberarse y volar,
caer como las piedras de la montaña al río,
llegar al fondo de las cosas sin dejar de caer.
Digo cerdo, lombriz, serpiente y pájaro
y el sexo se deslumbra de sí mismo,
abre las piernas, abre las piernas y habla,
dice del mar cosas como verde-azuladas.
Se arrastra, se arrastra antes de volar.
Y cuando se arrastra goza y cuando vuela
y cuando cae, nácar o plata es su sonrisa
y se arrastra por el dolor y goza de la vida.
Y vuela y se deshace de besos y de luces,
sexo del amor, le digo, de la vida viviendo.
Poema, libertad, guerra contra el hambre,
dulzura del decir quiero vivir en el deseo.
Y digo muerte y aunque no lo dijera,
poeta enmudecido, igual he de morir.
Por eso que la palabra nos condena
cuando hablamos, al goce y al deseo.
Sin libertad, prisionero de la palabra
con la alegría de haber sido hombre,
con el alma ya lanzada a los vientos,
sin dejar rastros, mi cuerpo morirá.
Miguel Oscar Menassa
P O E M A
Ojos de azúcar, miel, eterno dolor,
tus ojos militantes, tus tetas,
enloquecidas banderas de alegría,
giros de luz, caliente magnitud celeste,
tu sexo, abierto a los vendavales,
a las borrascas milenarias,
de mi famoso sexo americano.
Serás, fuera de nosotros,
pálida luna abierta,
infinita y abierta, vacía y loca.
Soy lo que del Inca queda para el amor.
Un incendio entre las cataratas,
una piedra grabada con los dientes,
una escritura descomunal entre las piedras.
Soy el que inventó el amor, la muerte del Inca,
un pedazo de cielo triturado por gigantescas olas,
contra los acantilados y el silbido del tiempo.
Miseria y soledad y ¿quién puede más?
Un hambre inmemorial, un vicio:
haber nacido antes, origen del origen,
escritura sobre escritura entre las piedras.
Y, también, tengo en mi tierra:
olivos
y azúcares
y malva
y rojas manchas de sangre entre las letras.
Apasionado cantor, obrero del verbo,
soy el que se mueve por encima de todo.
Más allá de los Cristos y de los Himalayas,
vuelo más alto que los jinetes de la muerte,
porque vuelo en todas direcciones.
Soy el que se bambolea de un lado para otro.
Un verdadero juego de azar,
sin principios, sin fin, sin ilusiones.
Ni siquiera un camino más corto para llegar.
Buscad, entre las perlas del profundo mar,
entre las caracolas, las huellas de mi paso.
Olímpica llama de amor,
en el fondo del mar.
Miguel Oscar Menassa
De “La patria del poeta”
tus ojos militantes, tus tetas,
enloquecidas banderas de alegría,
giros de luz, caliente magnitud celeste,
tu sexo, abierto a los vendavales,
a las borrascas milenarias,
de mi famoso sexo americano.
Serás, fuera de nosotros,
pálida luna abierta,
infinita y abierta, vacía y loca.
Soy lo que del Inca queda para el amor.
Un incendio entre las cataratas,
una piedra grabada con los dientes,
una escritura descomunal entre las piedras.
Soy el que inventó el amor, la muerte del Inca,
un pedazo de cielo triturado por gigantescas olas,
contra los acantilados y el silbido del tiempo.
Miseria y soledad y ¿quién puede más?
Un hambre inmemorial, un vicio:
haber nacido antes, origen del origen,
escritura sobre escritura entre las piedras.
Y, también, tengo en mi tierra:
olivos
y azúcares
y malva
y rojas manchas de sangre entre las letras.
Apasionado cantor, obrero del verbo,
soy el que se mueve por encima de todo.
Más allá de los Cristos y de los Himalayas,
vuelo más alto que los jinetes de la muerte,
porque vuelo en todas direcciones.
Soy el que se bambolea de un lado para otro.
Un verdadero juego de azar,
sin principios, sin fin, sin ilusiones.
Ni siquiera un camino más corto para llegar.
Buscad, entre las perlas del profundo mar,
entre las caracolas, las huellas de mi paso.
Olímpica llama de amor,
en el fondo del mar.
Miguel Oscar Menassa
De “La patria del poeta”
RECUERDO EL AMOR
Escribo con el dolor de escribir,
envejezco,
huyo al azar entre las letras
y el tiempo se desploma en tu rostro.
Ambar y pedazos de cielos domesticados
detienen en tus ojos las fragancias del ser.
Escarbo detenidamente en tu mirada,
busco por una antigua manía de buscar
-en tu mirada-
el solitario patio de mi infancia:
el crudo malvón,
las rosas al borde del calor extremo
y la violencia del sol,
sobre mi piel de niño y los narcisos.
Magia de los calores en el país del sur.
Rojas y locas,
bocas sangrantes y perversas,
amantes de los jugos
y de la tierra resquebrajada por el sol,
un amor a la antigua, al aire libre.
Huyo en dirección contraria a las letras,
detengo el porvenir.
Abro de par en par con un tajo preciso
-dueño de mi saber-
mi cadáver actual: Mi pobre vida cotidiana.
Del libro: "El amor existe y la libertad"
Miguel Oscar Menassa
envejezco,
huyo al azar entre las letras
y el tiempo se desploma en tu rostro.
Ambar y pedazos de cielos domesticados
detienen en tus ojos las fragancias del ser.
Escarbo detenidamente en tu mirada,
busco por una antigua manía de buscar
-en tu mirada-
el solitario patio de mi infancia:
el crudo malvón,
las rosas al borde del calor extremo
y la violencia del sol,
sobre mi piel de niño y los narcisos.
Magia de los calores en el país del sur.
Rojas y locas,
bocas sangrantes y perversas,
amantes de los jugos
y de la tierra resquebrajada por el sol,
un amor a la antigua, al aire libre.
Huyo en dirección contraria a las letras,
detengo el porvenir.
Abro de par en par con un tajo preciso
-dueño de mi saber-
mi cadáver actual: Mi pobre vida cotidiana.
Del libro: "El amor existe y la libertad"
Miguel Oscar Menassa
20 de enero de 2010
POEMA CERO (MIGUEL OSCAR MENASSA)
POEMA CERO
En Madrid aprendí a mirar el cielo.
Contra la roca seca, meseta árida,
encontré mis límites.
Supe decir que no todas las veces,
como un enamorado, alguien,
dispuesto a todo por permanecer.
Recordé a mi madre tantas veces
Recordé a mi padre tantas veces
Recordé a mis hermanos.
Fui una herida sangrante.
El odio hizo de mí, lo que quiso
y como tampoco podía vivir,
tracé con mi ignorancia nuevos caminos.
¿quién es quién en esta meseta desolada?
¿quién el último vestigio de la pureza?
¿quién capaz de soportar el rumbo de un poema?
Dejé mis manos tendidas al sol
y descendieron por ellas pequeñas estrellas marinas,
anunciando para el hombre que me tocaba ser,
como destino, la palabra.
Después partí mi vida en dos.
Fui el ángel exterminador y la locura,
magnífica locura:
me olvidé de todo,
del tango,
de vos.
MIGUEL OSCAR MENASSA
Argentina-1940
De “La patria del poeta”
* * * * *
En Madrid aprendí a mirar el cielo.
Contra la roca seca, meseta árida,
encontré mis límites.
Supe decir que no todas las veces,
como un enamorado, alguien,
dispuesto a todo por permanecer.
Recordé a mi madre tantas veces
Recordé a mi padre tantas veces
Recordé a mis hermanos.
Fui una herida sangrante.
El odio hizo de mí, lo que quiso
y como tampoco podía vivir,
tracé con mi ignorancia nuevos caminos.
¿quién es quién en esta meseta desolada?
¿quién el último vestigio de la pureza?
¿quién capaz de soportar el rumbo de un poema?
Dejé mis manos tendidas al sol
y descendieron por ellas pequeñas estrellas marinas,
anunciando para el hombre que me tocaba ser,
como destino, la palabra.
Después partí mi vida en dos.
Fui el ángel exterminador y la locura,
magnífica locura:
me olvidé de todo,
del tango,
de vos.
MIGUEL OSCAR MENASSA
Argentina-1940
De “La patria del poeta”
* * * * *
18 de enero de 2010
EL INDIO DEL JARAMA - Editorial
Editorial Marzo-Abril 1993 Nro. 8
Estamos sorprendidos, padecemos de sorpresa generalizada
Nadie puede creer.
Lo que verdaderamente reprimimos es la alegría.
No nos atrevemos a tener una risa revolucionaria,
no nos atrevemos a fabricar el chiste histórico:
vivir 200 años.
Pintar, pinto más de lo que quiero,
como una bestia,
como un salvaje en busca del sol.
Sin descanso,
lo que más me emociona es la tela en blanco.
Esa virginidad,
que a partir de ahora tomará, en su crecimiento,
los rasgos de mis partículas fundamentales,
las señas de mi ser,
quiero decir,
las combinaciones de un estilo.
No caben dudas,
lo humano siempre es inconmesurable,
siempre un escándalo para los sentidos,
siempre un arrebato contra la moral,
lo humano, quiero decir,
algo en estos días difícil de conseguir.
Veo a las personas volando de vez en cuando por el alma
el resto, rutina,
una insistencia en morir jóvenes.
Unas ideas fijas acerca de todo.
Una suciedd en la mirada.
Un resto animal inconmovible. Una muerte segura.
Quise decir a tiempo,
una muerte fuera de punto para lo humano,
una muerte animal.
Miguel Oscar Menassa
Estamos sorprendidos, padecemos de sorpresa generalizada
Nadie puede creer.
Lo que verdaderamente reprimimos es la alegría.
No nos atrevemos a tener una risa revolucionaria,
no nos atrevemos a fabricar el chiste histórico:
vivir 200 años.
Pintar, pinto más de lo que quiero,
como una bestia,
como un salvaje en busca del sol.
Sin descanso,
lo que más me emociona es la tela en blanco.
Esa virginidad,
que a partir de ahora tomará, en su crecimiento,
los rasgos de mis partículas fundamentales,
las señas de mi ser,
quiero decir,
las combinaciones de un estilo.
No caben dudas,
lo humano siempre es inconmesurable,
siempre un escándalo para los sentidos,
siempre un arrebato contra la moral,
lo humano, quiero decir,
algo en estos días difícil de conseguir.
Veo a las personas volando de vez en cuando por el alma
el resto, rutina,
una insistencia en morir jóvenes.
Unas ideas fijas acerca de todo.
Una suciedd en la mirada.
Un resto animal inconmovible. Una muerte segura.
Quise decir a tiempo,
una muerte fuera de punto para lo humano,
una muerte animal.
Miguel Oscar Menassa
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