21 de febrero de 2014

ELLA Y ÉL

III

El era un artista subestimado y sobreestimado.
La obsesión por igualar el feeling del blues, respondió a que buscaba desesperadamente algo que tocara su corazón.
Los amantes del blues, se cuentan entre los últimos exponentes del romanticismo.
El era un personaje habitante de los bajos fondos de cualquier ciudad, pero vivía
encandilado por el brillo ostentoso de la clase alta y sus aburridos pasatiempos.
Se movía con gran inseguridad y se incomodaba cuando se dirigían a él.
Trataba de no mirar a nadie a los ojos, como si cargara con la crueldad de todos sus relatos.
Odió a los profetas y sin embargo, en las noches, fracasado por no poder con su
voluntad, su deuda con Dios aumentaba desmesuradamente.
Nunca le interesó la tristeza de lo venido a menos.
Le preocupaba la resonancia de lo que estaba viviendo en esos momentos, que lo
llevaba a alcanzar el lado sórdido de las cosas, donde las riquezas del mundo
subterráneo que habitaba, eran un anclaje especial para el determinado mundo físico, donde sólo el blues, acompañaba a su propio universo, enigmático y oculto detrás de los vasos del alcohol, o el humo disminuido frente a la luz tenue del final.
Veía a todos los habitantes desesperados por triunfar, alcanzando hazañas que él
había descalificado y desterrado de los actos posibles de su vida.
Su grito radical, era inaudible.
Su imagen favorita, estaba amenazada por los malos tiempos por venir, ya que ellos no le prometían cambiar al personaje.
Las convenciones que nunca aceptó, lo llevaron a una depresión extrema, donde
pasaba encerrado en su habitación y no reconocía las diferencias entre la noche y
la mañana, la claridad y la oscuridad, lo bueno y lo malo, aquello que aprovechara
su taciturno talento.
El sonido que habitaba permanentemente en su corazón, poseía una estética, cuya profundidad difícil de interpretar, no tenía forma de canción.
Intimista frialdad de las mejores canciones del blues, intimista y bárbaro a la vez.
Las formas de reaccionar supuestamente improvisadas, detestaban la alienación
urbana y en el intento de encontrar la aristocracia del sonido propio, fue desesperante escuchar la acústica, vibraciones de un corazón, cansado de tantos éxitos en un mundo dormido.
Las telarañas del olvido no vendrían a salvarlo y teniendo que sobrevivir en una
sociedad donde lo mas importante era ganar dinero, amó las melodías deformes de una estética sensible y diplomática, que jamás consumiría.
Amar el blues, era amar la terquedad de todos los opuestos.
Su espíritu poco común, era difícil de insertar en un mundo vulgar, donde su furia
ya no tenía la altura que la provocara.
Ella tuvo la suerte y la desgracia de haber frenado su último error y sin embargo,
por los equivocados pasos del destino, él no tuvo más remedio que entregarse
y morir.
Ella le gritaba: ¡amor, no regresarán los exploradores promocionando tus leyendas, quédate a mi lado, disimula las quejas de tu inminente regreso!
Irreverencia de una tentativa audaz, creando una desilusión más, antes de
cualquier evento.
Su nuevo chiste fue patético, habiendo decidido ocultarse, quedó visible,
pero muerto.
Ella amó las posibilidades que tuvo de impedir un final tan triste, pero él,
ya tenía firmada el acta de defunción que no le permitiría acordar con ningún
bien y decidido, rechazó todo liderazgo.

LUCIA SERRANO 

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