11 de junio de 2015

Carlos Drummond de Andrade - La máquina del mundo

Carlos Drummond de Andrade, Itabira, 31 de octubre 1902–Río de Janeiro, 17 de agosto 1987  - Traducción Renato Bacigalupo


La máquina del mundo

Y como recorriese vagamente
un camino de Minas, pedregoso,
y al atardecer una ronca campana

se mezclase con el ruido de mis zapatos
que era pausado y seco, y aves se cerniesen
en el plúmbeo cielo y sus formas negras

lentamente fuese diluyendo
en la oscuridad mayor, venida de los montes
y de mi propio ser desengañado,

la máquina del mundo se entreabrió
para quien rompiéndola ya se esquivaba
y solo de haberlo pensado se dolía.

Abrióse majestuosa y circunspecta,
sin emitir sonido que fuera impuro
ni resplandor mayor que lo tolerable

por las pupilas gastadas en la inspección
continua y dolorosa del desierto,
y por la mente exhausta de mentar

toda una realidad que trasciende
la propia imagen suya dibujada
en la faz del misterio, en los abismos.

Se abrió en calma pura e incitando
a cuantos sentidos e intuiciones quedaban
a quien habiéndolos usado ya los perdiera

y ni desearía recobrarlos,
si en vano y para siempre repetimos
los mismos sin rumbo tristes periplos,

invitándolos a todos, en cohorte,
a aplicarse sobre el pasto inédito
de la naturaleza mítica de las cosas,

así me dijo, no obstante voz alguna
o soplo o eco o simple percusión
declarase que alguien, en la montaña,

a otro alguien, nocturno y miserable,
en coloquio se estaba dirigiendo:
“Lo que buscaste en ti o fuera de

tu ser restricto y nunca se mostró,
aun fingiendo darse o rindiéndose,
y empero a cada instante retrayéndose,

mira, observa, ausculta: esa riqueza
que sobra a toda perla, esa ciencia
sublime y formidable, mas hermética,

esa total explicación de la vida,
ese nexo primero y singular,
que ya no concibes, pues tan esquivo

se reveló ante la búsqueda ardiente
en que te consumiste… ve, contempla.
abre tu pecho para agasajarlo.”

Los más soberbios puentes y edificios,
lo que en los talleres se elabora,
lo que pensado fue y pronto alcanza

distancia superior al pensamiento,
los recursos de la tierra dominados,
y las pasiones, impulsos y tormentos

y todo lo que define al ser terrestre
o se prolonga hasta en los animales
y llega a las plantas para abrevar

en el sueño rencoroso de los minerales,
da vuelta al mundo y vuelve a hundirse
en el extraño orden geométrico de todo,

y el absurdo original y sus enigmas,
sus verdades más altas que todos
los monumentos erigidos a la verdad;

y la memoria de los dioses, y el solemne
sentimiento de muerte, que florece
en el tallo de la existencia más gloriosa,

todo se presentó en ese instante
y me llamó a su reino augusto,
el final sometido a la visión humana.

Pero como yo me resistiese en responder
a llamado tan maravilloso,
pues la fe había declinado, y aun el ansia,

la esperanza más mínima –ese anhelo
de ver desvanecida la tiniebla espesa
que entre los rayos de sol aún se filtra,

como difuntas creencias convocadas
rauda y vibrantemente no se produjesen
para teñir de nuevo la neutra faz

que voy por los caminos demostrando,
y como si otro ser, ya no aquel
habitante de mí hace tantos años,

pasara a controlar mi voluntad
que, ya en sí voluble, se cerraba
semejante a esas flores reticentes

en sí mismas abiertas y cerradas,
como si un don tardío ya no fuese
apetecible, más bien despreciable,

bajé los ojos, incurioso, laxo.
desdeñando tomar la cosa ofrecida
que se abría gratuita a mi ingenio.

La tiniebla más densa había ya caído
sobre el camino de Minas, pedregoso,
y la máquina del mundo, rechazada,

se fue poco a poco rehaciendo,
mientras que yo, evaluando lo perdido,
seguía vagaroso, sin hacer nada. 

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